domingo, 22 de junio de 2014

Día 20
Y al fin llego el momento que tanto necesitaba, llorar hasta desgartarme, hasta quedar sin nada que derribar. Llorarme los miedos, las tristezas, las luchas perdidas y las ganadas, los momentos de felicidad que no van a volver y los momentos no tan rescatables que torturan mi mente gastada.
¿Cómo seguir después de exponerme a tanto dolor? ¿Cómo reparar tanto daño? Resurgir de las cenizas que ya casi no estan. Buscar, revivir.
¿Cómo decir adiós si no quiero? ¿Cómo aceptar que las cosas cambiaron? Sera parte de mi condena aceptar los caminos a los que me llevan mis decisiones. Me aleje tanto, tanto.
Hoy empezando un nuevo día, encendí una vela en tu honor, en nuestras alegrias, en nuestras tristezas y en todo tu dolor. Esto no es un olvido, no tiene nada que ver con eso. Agradecida a la vida de que te haya puesto en mi camino aunque sea tan solo por un rato, gracias por tus sonrisas y tu amor que ayudo.
Todavía espero que vengas corriendo a mi y me digas que me extrañas, que todo va a estar bien. Abuelo tan solo unas palabras, unas señales para mi.
Las heridas están abiertas una vez más, seguimos sumando cicatrices al museo del horror. Laberinto sin salida, lleno de gritos de desesperación que la única manera de salir que encontraron fueron abriendo mi piel y dejandola al descubierto. Heridas que sangran y nunca dejan de hacerlo porque allí estan, latentes y esperando a la caida para recordar que esa es la mejor manera. Quizás me guste, quizás no, el dolor es opcional y el placer es inevitable.