domingo, 14 de septiembre de 2014

DIA 27
Era una mañana fría de un Abril olvidado, las hojas caídas bailaban obligadas al compás del viento aunque en su lenta presentación se podía percibir el deseo de libertad. A lo lejos venía ella cantando, danzando e irrumpiendo el concierto de la naturaleza. Su actitud y su forma de llevar aquel día tan gris parecía decir que se encontraba en un estado de éxtasis incomparable pero sus ojos, sus hermosos ojos estaban plagados de melancolía.
Su mirada transmitía un sentimiento de agobio y de cansancio, decían por allí que era casi imposible sostenerle la mirada debido al sabor amargo que se depositaba en el alma. Todos la veían pero nadie la miraba realmente, era parte del paisaje y ese detalle el era más terrible.
Su ser se había transformado en algo más, casi como aquellos objetos guardados en un viejo cajón lleno de recuerdos que jamás se volverán a mirar. Su pesar era inentendible para las personas que escuchaban su historia, la cuál viajaba un poco gastada y deformada por el tiempo.
Era atroz observar lo que el filo de las palabras le habían ocasionado, era prisionera de ellas y su carcelero era una objeto que ya no se puede ni mencionar. No había a quién culpar por tal condena ya que sus rostros se difuminaban dando paso a sus voces distorsionadas que no dejaban de balbucear las mismas frases punzantes.
Aquellos sonidos como mismísimos fantasmas se dejaban ver a toda hora, sin importar lugar ni momento. Simplemente aparecían y allí se alojaban, llenando de terror y dolor a su pequeña alma. Alma que se encontraba destrozada y sin esperanzas, inevitablemente cruel. ¿Cómo pudieron convertir algo tan puro e inocente en un demonio descabellado y sin censura? ¿A caso no podían guardar su dedo juzgador y ahorrarse el mar de críticas?
Ella iba bailando a la contra del viento, un poco revuelta, un poco loca. Desorientada y casi sin rumbo, andaba por andar. Se trasladaba porque su cuerpo se lo demandaba, vivía de la inercia.
Ella ya no estaba allí, su alma había muerto el mismo día en que aquella tristeza comenzó a florecer.

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